Extravíos de la 4T

Transformación, un concepto del pensamiento político moderno que está siendo prostituido hasta el cansancio. Quizás habría que recordar las palabras del filósofo alemán Franz Rosenzweig, para quien una verdadera transformación es “el momento de la liberación de un pueblo”.

Encandilado en la retórica vacía del discurso populista, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, se empecina en hablar de una Cuarta Transformación (4T) que, de momento, ha ofrecido muy pocos resultados en cada uno de los ámbitos de la vida pública a los que se supone está transformando.

Sin duda, uno de los objetivos que persigue la 4T es transformar el sector energético nacional y, en específico, a la empresa pública más importante del estado mexicano: Petróleos Mexicanos (Pemex). El reto, sin embargo, es mayúsculo y todo indica que el rescate ha llegado demasiado tarde.

Enfrascada en la peor crisis financiera de su historia, la deuda de la paraestatal se incrementó un 147 por ciento durante el último sexenio. Su actual director general, Octavio Romero, dio a conocer hace algunas semanas que el endeudamiento de la petrolera pasó de 841 mil millones de pesos en 2013 a más de dos billones de pesos en 2018, es decir, un incremento de 17.2 por ciento a tasa anual.

Ante la crisis, el gobierno de AMLO anunció a inicios de mayo un plan de refinanciamiento por 2 mil 500 millones de dólares para solventar las líneas de crédito comprometidas de Pemex hacia finales de 2019, con tres importantes instituciones de la banca internacional: JP Morgan, HSBC y Mizuho Securities.

Tras cinco meses de negociaciones, el saneamiento incluye la renovación de dos líneas más de crédito por 5 mil 500 millones de dólares en los próximos cinco años. Con esta medida, asegura la actual administración, no aumentará más la deuda en términos reales durante este sexenio.

Si bien positiva corto plazo, ya que brinda liquidez y menores réditos, la medida no revertirá tres décadas de pésima administración, corrupción y falta de inversión. Como han hecho notar diversos especialistas, Pemex carece de un plan de negocios sensato que brinde certidumbre financiera y, más importante, capaz de generar recursos a través de un modelo de inversión abierto a la competencia, algo que la Reforma Energética sí contemplaba.

Otra señal poco alentadora es el anuncio de la construcción de la refinería en el puerto de Dos Bocas, en Tabasco. La obra, informó la presidencia de la república, será construida en conjunto por Pemex y la Secretaría de Energía en un tiempo record de 8 años y con un costo de 8 mil millones de dólares. La meta, agregó, es incrementar la producción de gasolina, a fin de reducir su importación, que hoy representa el 70 por ciento del consumo nacional.

Más allá de la viabilidad del proyecto –un informe reciente elaborado por el Instituto Mexicano para la Competitividad, disponible en su página de internet, advierte que el proyecto sólo tiene 2 por ciento de probabilidad de éxito–, queda claro que la actual administración tiene la mirada extraviada.

Economistas y expertos en el tema energético, el principal negocio para aliviar las finanzas de Pemex y generar recursos a largo plazo es el de aguas arriba (explotación de campos petrolíferos y producción de crudo), y no en el de aguas abajo (refinación, suministro y distribución de productos derivados).

Con este tipo de decisiones, sin mencionar el nulo interés que ha demostrado el gobierno en el segmento de las renovables, no hacen más que augurar no ya la transformación de Pemex y el sector energético, sino una total y estrepitosa degradación.

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